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El prejuicio ante el psiquiatra

Decíamos en otra nota, que la comprensión sobre los pacientes psiquiátricos aumenta, ya no son quemados en la hoguera los enfermos mentales. Es más. La psiquiatría ha dado pasos en los últimos 40 años que pueden tildarse de realmente revolucionarios.

Todo esto ha conducido al gobierno de los Estados Unidos a solicitar que la década actual, la década de los noventa, sea declarada la década del cerebro. Y esto fue aceptado por la comunidad europea y por la Organización de las Naciones Unidas llevándose a cabo el acto formal de designación, en el Congreso Mundial de Psiquiatría de Río de Janeiro .
Estamos entonces viviendo la década del cerebro.

¿Y por qué esa designación? Sin dudas por la importancia de los descubrimientos humanos sobre el funcionamiento cerebral que, han sido, como expresé antes, verdaderamente revolucionarios.

También ha sido preocupación de casi todos los últimos congresos de psiquiatría realizados en todo el mundo el tema que nos ocupa. Ante tantos cambios, tanta revolución tecnológica, tantos adelantos, ¿Hacia donde marcha la psiquiatría en este siglo?, que es lo mismo que preguntarse ¿Hacia donde marcha el hombre en el siglo XXI ?

Ya hemos hecho mención en otras notas sobre los cambios producidos en la psiquiatría moderna, en especial la evolución llevada a cabo en los últimos cuarenta años, a partir de la introducción de los nuevos psicofármacos en los años 50.
Claro que el cambio no se produce solamente en lo que respecta a la psicofarmacología, sino que, a través de una verdadera revolución tecnológica, con la vertiginosidad de la información, entramos en una era de torbellino que altera todas las estructuras conocidas y que, como es lógico, presenta al hombre grandes dudas y cuestionamientos con respecto a su futuro.

Pero hagamos un poquito de historia. Hacia finales de la década del cuarenta, la psiquiatría se había quedado prácticamente sin cerebro. La falta de evolución y definición de los métodos de estudio de entonces habían agotado prácticamente las posibilidades de evolución, dando lugar a la aparición de teorías que, como el psicoanálisis, desdeñaban totalmente el funcionamiento cerebral, dando especial prioridad a los fenómenos mentales, a la mente, sin importar el sustrato biológico de ésta.

Ese movimiento, el psicoanálisis, corrió como reguero de pólvora alcanzando y revolucionando el pensamiento de casi todo el planeta.


El psicologismo rompía todas las barreras y los perfiles psicológicos de cada individuo eran interpretados como signo de enfermedad. De ésta forma, no pasara Ud. a varios metros de distancia de un servicio de Psiquiatría que ya era catalogado como enfermo, como neurótico, Ud. no lo sabía quizás, pero era un neurótico. A tal extremo de generalización llegó el concepto que no quedaba libre del diagnóstico ni el mismísimo Papa.

Claro que a toda acción, sobre todo exagerada sobreviene una reacción . Los psiquiatras científicos, que basaban sus experiencias en la observación de los hechos y no sólo en la discusión filosófica o en la introspección, tomando como base los estudios científicos que durante años llevaba adelante la psiquiatría rusa a través de su escuela Pavloviana comenzaron a reaccionar, también en los Estados Unidos y luego extendiéndose a otros países sajones, con una técnica denominada Conductismo, basada en la observación de la conducta, en el aquí y ahora del paciente, en la observación metodológica y evaluación de sus actos.

Ambas escuelas divergían en extremo, la una negando prácticamente la existencia del cerebro, la otra ignorando la mente como producto cerebral. Ambas basadas en la psicoterapia como elemento fundamental de la terapéutica. La una centrada en el paciente, la otra en el terapeuta.

A partir de la década del 50, aparecen no sólo los psicofármacos sino que comienzan a desarrollarse métodos bioquímicos de observación que comienzan a dar explicación a una cantidad de fenómenos hasta allí no explicados, dando nacimiento a una nueva rama de la psiquiatría, la denominada biológica.

Comienza entonces el psiquiatra a poder intervenir más activamente en los procesos bioquímicos del paciente, desarrollándose una mayor comprensión de los procesos funcionales del sistema nervioso hasta allí ignorados. Consecuentemente se desarrolla la posibilidad increíble de observación directa del sistema nervioso en forma incruenta, a través de la tomografía lineal computada y posteriormente la maravillosa resonancia magnética nuclear.

Estos nuevos métodos permiten actualmente no sólo observar la anatomía del sistema nervioso sin tocar al paciente, sino observar y medir sus procesos metabólicos, su consumo de oxígeno o glucosa , sus trastornos circulatorios o neuronales.
Y esto produce una revolución. Ya nadie se anima a sostener que la esquizofrenia es una enfermedad psicológica que no muestra alteraciones cerebrales. Tan claras son hoy las observaciones a nivel bioquímico e incluso anatómico.
Y así como antes, todos llegaron a ser neuróticos, hoy ya ese diagnóstico ha desaparecidos de las clasificaciones científicas internacionales, tal el abuso que se había hecho de su aplicación, hoy, algunos psiquiatras biologistas llegan a negar la importancia de los fenómenos psicológicos y sociales en la producción de la enfermedad mental.

Y también hacen aparición nuevas corrientes que, analizando la importancia de la sociedad, o de la estructura familiar, pretenden, a través de sus alteraciones explicar todos los fenómenos humanos.

Pero el hombre no es solo un cerebro, tampoco una mente o espíritu aislado del soporte material que lo sustenta, si bien no cabe su existencia sin una sociedad que lo estimule en su desarrollo, tampoco puede confundirse exclusivamente con ella y sus reglas.
Tampoco toda su problemática, a pesar de importante, puede referirse a una alteración de su constitución familiar. El hombre es mucho más que eso. Es todo eso y mucho más.

De allí que es absurdo pretender dar una explicación parcializada de los fenómenos que lo aquejan desde un punto de vista unilateral, unidisciplinario.
Hacia allí debe ir entonces la nueva psiquiatría, apuntando hacia una integración racional todas las escuelas, usando y conociendo la tecnología para aplicarle cuando sea oportuno y eficaz, sin descartar ningún método. Aplicando las técnicas adecuadas a cada hombre, a cada ser humano que si bien posee identidades evidentes, también se caracteriza por sus diferencias. Y es el campo de la psiquiatría donde esto toma particular importancia.
Un cardiólogo bien preparado puede atender tanto a un argentino como a un japonés o a un africano. El corazón del Japonés, del Hindú o del Africano funcionan por igual y se enferman de igual manera.

El pánico y la agorafobia son exáctamente idénticos aquí, en Thailandia, Africa, China o Alaska.
Sufren idéntica Agorafobia una laosiana, argentina o musulmana, africana o esquimal.
Pero para el psiquiatra la cosa es muy distinta. Un psiquiatra occidental nada entendería en Japón o en la India. No sería eficaz.
El fenómeno social, cultural, religioso, mágico de cada cultura le da una diferente identidad. El cerebro y las enzimas quizás sean las mismas, pero el hombre es diferente.

Tampoco es igual ser psiquiatra en el norte opulento y rico que en el sur subdesarrollado y pobre.
El desafío entonces para la psiquiatría del siglo XXI es la integración de las distintas escuelas que la conforman, integración usando y conociendo la tecnología, pero manteniendo la individualidad, las diferencias y el sentido común para aplicar la técnica adecuada en el paciente adecuado, manteniendo la privacidad de la relación entre el médico y el paciente.

Para ello se desarrollan nuevas técnicas psicoterapéuticas, llamadas cognitivas, que indican atención a lo racional, e integrativas, en la medida que toman los elementos valiosos que aportaron otras escuelas pero sin descartar el uso de elementos tecnológicos como los estudios diagnósticos y los psicofármacos.De esto hablamos en otras notas.

Pero en esa integración, el psiquiatra deberá recibir la ayuda de múltiples ciencias auxiliares cuyos conocimientos no podrá descartar.
El saber médico se extiende entonces de manera tal que resulta inalcanzable para un ser humano individual. El nuevo desafío es entonces como, a través de equipos de auxiliares multidisciplinarios el psiquiatra mantiene la relación clínica con sus pacientes sin perder de vista las distintas técnicas auxiliares de diagnóstico.

Requerirá entonces del psicólogo el indagar los mecanismos psicológicos importantes que pueden influir en el desarrollo del trastorno mental, del sociólogo las influencias y particularidades del sistema social en que se desenvuelve su paciente. Del bioquímico el manejo de técnicas que permiten investigar procesos metabólicos
y marcadores biológicos que ayudan indispensablemente a un buen diagnóstico.
Del asistente social las particularidades en que se desarrolla la relación familiar del enfermo. Del biólogo, del genetista y naturalmente de los colegas generalistas y especialistas en otras ramas de la medicina.

El equipo de trabajo será entonces la constante del futuro, pero además debemos considerar que otras ciencias, en su avance comprometen también a la psiquiatría del futuro.

La biología, la ingeniería genética que ya se aplica sin fronteras ni problemas en agricultura e industria comienza a perfilarse como una ciencia que incidirá marcadamente en el destino del hombre. Es más. Como dicen algunos autores, el ácido ribonucleico, ese ácido que conforma la estructura de los genes de todos los seres vivos es el destino.

La manipulación genética es ya un hecho. Una intervención genética sobre una célula cambiará el destino del futuro ser.
Un cambio en un gen provocará cosas tan saludables como la desaparición de un mogolismo, de una fenilcetonuria o quizás también hará desaparecer la depresión, el déficit de atención, la dislexia o la ezquizofrenia de una familia.

Pero también podrá prestarse a cosas riesgosas, inimaginables. De allí que que la ética se torne en un elemento de extrema importancia. La ética no podrá ser jamás un obstáculo, pero sí deberá ser una garantía. Su estricta aplicación hará que la ciencia se aplique siempre con sentido moral y benéfico y no al servicio de intereses espurios y particulares.

Y ésto no fue ni tampoco será fácil. Pero finalmente, como siempre, el criterio sano triunfará.
Otro de los avances de la psiquiatría moderna, en relación con la cibernética se refiere al campo de la memoria. La capacidad de almacenamiento del ser humano es enormemente superada por cada vez más pequeños elementos. Pero además podrá ser transferida probablemente de un cerebro a otro. Todo el aprendizaje de un individuo posiblemente podrá ser transferido a otro sin esfuerzo. Si imaginamos por un instante lo que ésto significa podemos brincar de alegría o temblar de miedo.

Es por eso que la tecnología deberá acompañarse siempre de un criterio humanista, con un sentido de amor y solidaridad.
La tecnología puede cambiar el destino del hombre, pero sin amor, sin afecto solidario todo ésto no conduce a nada.

Es por eso que la psiquiatría ofrece al ser humano la mejor de las vacunas jamás conocidas, la salud mental.
Salud Mental significa bienestar, prevención. Amor y afecto en la edad temprana del desarrollo. Atención y estimulación. Cuidado y afecto brindado por padres a sus hijos. Educación e higiene.

Esa es la vacuna universal. Si esto se cumple, bienvenida la tecnología y los avances de la ciencia.
Que nadie se equivoque. No crean que si se abandona a un niño sin afecto, sin el cuidado de sus padres ni la estimulación a la edad temprana servirán luego las vacunas, la tecnología para rescatar a un niño saludable. A un adulto sano. La tecnología ayudará, como siempre mientras el ser humano se desarrolle en sociedad, con afecto y cariño de sus semejantes.
Si la vacuna del amor es aplicada, las defensas biológicas de ese niño serán las mejores. Lo demuestra una nueva ciencia que se desarrolla hoy paralela a la psiquiatría: la psiconeuroinmunología.

La verdadera inmunidad de un sujeto se halla en relación directa con su estado de ánimo. Sus defensas dependen de su humor. Un sujeto depresivo es más vulnerable. Y la vulnerabilidad, como hemos mencionado en otras notas, depende de las condiciones de crianza, del tiempo y del afecto dedicados por los padres sobre todo en edad temprana.

Toda la dedicación y el afecto dedicados al niño antes de los dos años de edad no harán sino fortalecer su futuro.
Ningún bien material, por importante que parezca puede justificar que una madre se separe de su hijo en edad temprana.
El siglo XXI espera entonces, aparte de la excepcional revolución tecnológica heredada del que finaliza, una nueva revolución. La del amor, la solidaridad, la fe puesta en el hombre y en su futuro.

Dr. Oscar R. Carrión

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